Fundamentos del Rolfing

El Rolfing se caracteriza por dos aspectos entrelazados que no solemos encontrar en ninguna otra práctica somática:

La adaptación adecuada del cuerpo a la gravedad, que va a generar como resultado; más equilibrio físico, mayor cualidad de movimiento, mayor fluidez y una gracia, que en conjunto proporcionan una sensación global de bienestar.
El órgano principal de la estructura corporal y al que se dirigen las técnicas empleadas por Rolfing, son las fascias.

Las fascias se moldean en función de su relación en interdependencia con la gravedad. Bajo este principio, una buena adaptación de las fascias permite que la gravedad influya positivamente en el cuerpo, aportándole más economía del movimiento y un mayor ahorro energético.

Para Ida Rolf existe un alineamiento óptimo más natural para cada persona, que le permite interaccionar mejor con la gravedad y con ello mejorar su bienestar general.

La importancia de la gravedad

La gravedad, sin pretender aclarar su significado desde el punto de vista de la física, es una experiencia corporal que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. Es el influjo que la Tierra tiene sobre los cuerpos y es la constante, respecto a la cual debemos equilibrarnos. La gravedad nos permite movernos con libertad si le dejamos que una parte actúe de punto estable, fijando la referencia para el movimiento, así nuestro cuerpo se podrá expandir en el espacio sin perder su estabilidad y organización adecuada.

La importancia de la gravedad es tan grande que, para el Rolfing, es el componente clave y fundamental para que un cuerpo que cambie y se organice mejor, pueda mantener este cambio. Porque si el cuerpo cambia en referencia a las demandas de la gravedad, el organismo, que posee órganos especializados para captar y reaccionar a este campo gravitatorio, podrá organizarse a sí mismo de forma natural y sin esfuerzo, permitiendo que la gravedad lo moldee y actúe en su beneficio, y no deformándolo cada día más; como es el caso de los cuerpos mal organizados, con los hombros encogidos, la cabeza adelantada, la espalda plana o excesivamente encorvada, etc. que por experiencia sabemos que con la edad empeoran.

La relación con la gravedad no ha sido buena para el ser humano en la posición erecta, ya que la verticalidad de su postura, ha exigido a la estructura corporal una nueva organización en el espacio; adecuada al campo gravitatorio, para que el cuerpo se pueda mover sin perder su estabilidad y equilibrio sobre dos pies. Es por tanto, un proceso evolutivo en desarrollo. Además, nuestro modo de vida, los muebles que utilizamos y las actividades repetitivas que realizamos contribuyen cada día más a la ineficiencia de nuestra organización postural. El Rolfing es una ayuda para facilitar este proceso en la evolución, y mejorar esas desviaciones de la economía y buena relación con el suelo, para conseguir una estructura sana y moldeable.

Propiedades de la fascia

Las fascias son las envolturas de tejido conectivo que se encuentran por todo el organismo, desde la superficie bajo la piel, hasta las envolturas más profundas, y que conectan todo con todo, en una continuidad que sólo se interrumpe por nuestros conceptos anatómicos.

Las propiedades de la fascia, gracias a las cuales actúa el Rolfing, son:

    Su maleabilidad, que la hace susceptible del cambio.
    Su continuidad física, que permite las relaciones de todos los componentes del cuerpo entre sí, formando una red de interconexión.
    Es sensible a la gravedad y opera en función a su influencia.
    La fascia puede registrar información y trasmitirla por todo el cuerpo.

La distribución de los distintos componentes del cuerpo en la gravedad, se realiza por la disposición equilibrada de estos, dentro de la red fascial. El trabajo del Rolfing consiste en regular las tensiones que se generan en dicha red fascial, para mantener este en equilibrio y coordinación. El Rolfing trata pues las relaciones de tensión y equilibrio que se establecen entre los distintos volúmenes corporales según sus diferentes planos y dimensiones en el espacio. El eje central más determinante sería la línea vertical, respecto a la gravedad, alrededor de la cual los diferentes componentes deben encontrar una relación de tensiones equilibrada.

Los rolfers, van a evaluar el movimiento, según su fluidez y libertad, de todas las partes del cuerpo en relación a la constante gravitatoria. Antes de moverse hay que orientarse en el espacio y el suelo que pisamos. Si esto no sucede, el movimiento será pobre, descoordinado y acabará sucumbiendo a las tensiones predominantes que vienen de la fuerza de la gravedad. En definitiva, el trabajo del Rolfing va más allá de tratar los patrones que mantiene la fascia, hacia una mejora en la percepción sensorial y en la coordinación, y que consigue mediante la educación en el uso del cuerpo y en sus movimientos.

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